Las cariátides o quién da más
Creedme cuando os digo que crear un logo a mi imagen y semejanza o usar una foto propia como apertura a esta web ha sido como proyectarme desde mi zona de confort hasta el planeta Miller, donde cada hora de vergüenza se siente como siete años en la Tierra.
Y aunque vengo a explicaros la función simbólica de esa imagen, que la tiene, no pretendo que suene a justificación, pues no la necesita. Elegir vivir en una zona de incomodidad constante, ya sea por la incertidumbre que sucede al atrevimiento o por estar haciendo algo que creemos que supera nuestras capacidades, es un requisito para una creatividad de calidad. Crear da miedo. Al menos a mí.
Pero vamos al tema que nos atiende. La primera razón para la elección de esa foto y su posición en la Home, de arriba abajo y con la parte superior de la cabeza cortada, es que quería que recordara a una cariátide.
Las cariátides representan una de las más notables expresiones del arte clásico griego, pues unen la funcionalidad estructural con la estética escultórica, es decir, la aspiración griega a que lo arquitectónico no fuese solo ingeniería, sino también expresión estética y cultural. Su aportación principal es la sustitución de la columna tradicional por una figura humana idealizada, capaz de sintetizar belleza, dignidad y resistencia. En lo que concierne a su simbolismo, es ritual: la proporción, la postura y la contención expresiva de sus facciones pretenden trazar un puente entre lo mundano y lo divino. (Hay quién ve en ellas una representación de la fuerza femenina, un homenaje, pero es una interpretación loca, idealizada y contemporánea, pues el rol de la mujer en el mundo clásico estaba muy restringido en la vida pública.)
¿Y qué tiene que ver todo esto con Blondie Mamba? Pues también, como si de un ritual oculto se tratara, quiero recordarme constantemente que la creatividad no ha de ser inventiva desbocada, sino un trabajo de fina ingeniería inspirada, y que la dignidad y la belleza han de ser una condición sine qua non del proceso y resultado. Y así como una promesa secreta, levanto una cariátide.
Por otro lado, esa foto tiene una historia que pretende recordarme la relatividad de lo que hago. Os la cuento.
Resulta que, un buen día, un lutier que vive y trabaja en una antigua capilla dejó de lado un violín que estaba construyendo con las mismas herramientas que se usaban hace cinco siglos para hacerme unas fotos con una Hasselblad, es decir, la cámara que viajó a la Luna, y revelarlas en la total oscuridad del laboratorio que ha improvisado en su taller. Allí, lentamente, entre violines, virutas, un piano de cola y un altar reformado, se gestó esta foto.
Y eso me dio que pensar. El antropólogo David Graeber acuñó el término “Bullshit jobs” para referirse pues eso, a ciertos trabajos de mierda. Para nada se refiere a puestos como el de basurero, reponedor o friegaplatos, ya que estos tienen un propósito claro y hacen una aportación tangible a la sociedad. No, los trabajos de mierda de los que habla Graeber son mucho más parecidos al mío. Los reconoceréis porque, como más inútiles y carentes de sentido son, más prestigio ostentan. En su cumbre se pelean unos cuantos “lifestyle influencers”.
Como yo soy consciente de ello, lo que es a la vez flor y espina, me he propuesto dotar todo lo que haga del máximo de sentido y aportar algo positivo, ni que sea de forma abstracta, a esta sociedad. ¿Siempre es posible? Por supuesto que no. Pero detectar esa trivialidad es una cura de humildad constante. Y no hay fotos ni tamaños que puedan librarme de ella.