Aim blu dabadí dabadá

A cat in «gothic» style. Gouache by Louis Wain, 1925/1939.

La propaganda es quizás el mejor ejemplo de un pez que se muerde la cola. Si dicen que el azul genera hasta un 80% más de confianza, que casi la mitad de las empresas de la lista Fortune 500 lo utilizan en su logotipo y que, por ejemplo, es el color favorito de los influencers (por nombrar tres de las cosas que encandilan a los buscadores del oro contemporáneo, que es oro habitual pero acompañado de publicaciones que demuestren que se tiene), muchas otras marcas lo adoptan, sumando dígitos a unas estadísticas que quizás me he inventado, o quizás no.  

Así que me voy a servir un chupito de azul de metileno, tal como haría Mel Gibson, antes de contaros que yo todo esto me lo creo a medias (Mel no se creería nada). Y no solo por el funcionamiento habitual de la maquinaria del márquetin, sino por la visión histórica y abstracta del color en su globalidad.

Lo que quiero decir, simplificando, es que no se trata del color en sí. Que no es lo mismo abrir los ojos dentro de una piscina de mosaico azul después de tirarte en bomba que estar en una sala de espera frente al logo azul oscuro (inmenso, duro) de la compañía de seguros que no te rembolsará lo que es tuyo. Ni es lo mismo mirar un lapislázuli y convencerse de que pueden caer trocitos del firmamento que pensar sobre lo que habrá llevado a esa señora a usar eyeliner azul metalizado.

No se trata del azul, como dictan los fríos análisis marquetinianos. Se trata de cuál, de cómo, de por qué y de, simplemente, si sí. Durante los siglos del Imperio, los romanos odiaban el azul porque era el color de los bárbaros. Después se decidió representar a la Virgen María de azul (hasta entonces su color era el negro) y se sacralizó el tono. Antes de la Primera Guerra Mundial, el color azul era “de chicas” y todas las variaciones del rojo, incluido el rosa, se asociaban a lo masculino. Y de esto último hace cuatro días, si lo pensáis bien.

La psicología responde a las emociones y no hay nada más dúctil que ellas. Por ello, nunca os traicionéis en pro de unas estadísticas cuyo respaldo es tan sólido como el de la línea de sillas de azules de esa sala de espera, la de la compañía de seguros.

Y ahora confieso que es mi color favorito y que lo meto hasta en la sopa. Pero por una razón mucho más sensata: lo recomienda Mel.

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